El hablar de los consorcios de ahorradores no significa un termino familiar en el “argot” financiero de México. Este término es utilizado principalmente por los brasileños y se refiere a aquellos sistemas o grupos de ahorradores que reúnen sus propios recursos en un fideicomiso y de acuerdo a un porcentaje que se tenga ahorrado, que en la mayoría de los casos oscila entre el 40 y el 50 por ciento, se les presta a los socios una cantidad similar a un costo financiero muy por debajo de la tasa que maneja la banca, solicitando una garantía inmobiliaria. Una diferencia con los mecanismos de este tipo ya existentes en México es precisamente el nombre. Aquí son comúnmente llamados “sistemas de autofinanciamiento” y nos parecen más familiares para la adquisición de vehículos, pués con este tipo de bienes se inició de manera muy exitosa esta alternativa financiera, sin embargo, a la fecha, los sistemas dirigidos al financiamiento de bienes inmuebles no han sido del todo difundidos entre amplios sectores de la población. Además de que la publicidad de los créditos hipotecarios que ofrece la banca, aún sigue ocupando los más importantes espacios en los medios masivos. De aquí surge la otra diferencia, pués en Brasil, los consorcios de ahorradores datan de algo más de 60 años y un alto porcentaje de las operaciones inmobiliarias se hacen apoyadas en este sistema. En México, los sistemas de autofinanciamiento inmobiliario como tales, apenas completan los 20 años y muy pocos han sido los que a la fecha han sobrevivido a las crisis recurrentes y a los embates del propio sistema financiero, que se le llama “regulado”-por la Comisión Nacional Bancaria y de Valores- por no decirle, “protegido”.
Al ser el autofinanciamiento un esquema que no busca el lucro excesivo y en donde el ahorrador verdadéramente puede programar su objetivo de crear su patrimonio en un tiempo razonable, el contraste que existe con los altos costos de la banca comercial es enorme. Desafortunamente la necesidad que enfrentan algunos de contar con los recursos de manera inmediata, con la disponibilidad de un muy pequeño ahorro o aportación como enganche, los hace optar por las múltiples opciones de créditos hipotecarios que existen en el mercado pero con los que terminar pagando, en el mejor de los casos más del 100% de lo que solicitaron. La supuesta rapidéz con la que disponen del dinero (siempre y cuando puedan comprobar ámpliamente sus ingresos y no tengan antecedentes negativos en el buró de crédito), les hace enfrentar costos muy altos. Ni hablar, la prisa cuesta.
En el próximo artículo comentaré como funciona el autofinanciamiento inmobiliario y la manera como se logra enfrentar en este sistema un costo financiero de de casi la mitad de muchas de las alternativas hipotecarias ampliamente difundidas en México.